Antes de ponerse la bata y salir a atender a sus pacientes, el odontólogo Alejo Herrera tiene una cita que no puede faltar: la visita de decenas de loros que llegan cada mañana hasta su terraza en Envigado.
Este vínculo comenzó después de la muerte de Manolo, su amado perro, cuya ausencia todavía siente. En medio de ese vacío, estos visitantes emplumados comenzaron a ocupar un lugar especial en su corazón, transformando su rutina y su forma de ver la vida.
Hoy, su rutina es diferente. Cada mañana les dedica tiempo, los alimenta y los acompaña hasta las ocho, cuando debe salir hacia su consultorio. Esta cita matutina le permite conectar con la naturaleza y empezar el día con una energía distinta.
Para él, no son simplemente aves: son parte de su familia, casi como sus propios hijos. La historia de Alejo y sus loros es un ejemplo de cómo los animales pueden llegar a sanar las heridas más profundas y cómo el amor y el cuidado mutuo no entienden de especies.