Venezuela llora a sus muertos y busca a sus desaparecidos. Las cifras oficiales del gobierno son escalofriantes: 589 personas han perdido la vida, más de 4.300 resultaron heridas y más de 50.000 no han sido ubicadas. La Guaira, uno de los epicentros del desastre, tiene más de 100 edificios colapsados y 200 personas aún atrapadas bajo los escombros. Los terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 dejaron una estela de destrucción que parece no tener fin.
250 edificios han sido dañados, ocho hospitales tuvieron que ser evacuados y 2.927 familias están damnificadas. Más de 100 equipos de maquinaria pesada se movilizan en las labores de recuperación. La ayuda internacional ya está en el país: brigadas de España, Colombia, El Salvador y México trabajan sin descanso junto a los equipos locales. Los rescatistas luchan contrarreloj para salvar a los que aún pueden estar con vida.
En medio del horror, la solidaridad internacional se ha convertido en un rayo de esperanza. Venezuela no está sola. El mundo entero ha respondido. Pero la magnitud de la tragedia es tal que cada nuevo día trae consigo más muertos y más desaparecidos. La esperanza es lo último que se pierde, pero el tiempo se agota.