122 horas. Cinco días y dos horas. Eso fue lo que Carlos Miguel Comenares Gutiérrez, un niño de 11 años, permaneció bajo los escombros en Macuto, La Guaira. El doble terremoto de magnitud 7.2 y 7.5 que sacudió a Venezuela lo sepultó en la oscuridad. Pero su padre, Carlos Colmenares, se negó a aceptar la derrota. Buscó sin descanso, removió escombros con sus propias manos, luchó contra el tiempo y la desesperación.
El 29 de junio, a las 2:00 p.m., los equipos de rescate encontraron a Carlos Miguel con vida. El grito de “¡está vivo!” resonó entre las ruinas de Macuto. El niño, débil pero consciente, fue sacado entre aplausos y lágrimas. Su rescate se convirtió en un símbolo de esperanza para un país que ha perdido más de 1.700 vidas y tiene 50.000 desaparecidos.
La historia de Carlos Miguel es un recordatorio de que la perseverancia y el amor pueden vencer incluso a la muerte. Su padre no se rindió. Los rescatistas no se rindieron. Y la vida ganó. Venezuela, herida pero no vencida, celebra este milagro. La esperanza, aunque parezca imposible, siempre encuentra la manera de abrirse paso entre el concreto.