Stephany Echevarría vivía en el edificio Airuaní. Toda su vida. Cinco pisos. Su familia. Su hija Sofía, de dos años. El 10 de agosto, la tierra tembló. El pasillo se abrió frente a ella. Vio caer a su abuela. Y todo se derrumbó. “El rugido de la tierra es algo impresionante, algo que no se olvida nunca”, recuerda. Cayó al tercer nivel. Y en medio del caos, solo pensó en una cosa: su hija. Ambas cayeron. Stephany le dio la mano a Sofía cuando todo les cayó encima.
La promesa en medio de los escombros. Y entonces vino el dolor. Unas varillas le atravesaron las piernas. En la oscuridad, entre los escombros, hizo una promesa: “Dios, te doy mis piernas a cambio de mi hija. Mi cuerpo, mi alma, mi corazón y mis piernas a cambio de mi hija”. Pasó ocho horas esperando ser rescatada. Sobrevivió. Pero perdió su pierna izquierda y se le desarticuló la derecha. Además, enfrentó una complicación en su proceso por un hongo.
La esperanza de volver a caminar. Hoy, 41 días después, Stephany ha atravesado más de 15 cirugías. Estuvo en cuidados intensivos. Pero su hija Sofía es su motor. “El dolor físico y el dolor fantasma de los miembros es muy fuerte, pero no es más fuerte que las ganas que tengo de salir y volver a estar con mi hija, de respirar”, dice. Ahora espera recibir una prótesis que le permita caminar. Llevar a su hija al jardín. Tener una vida digna. Porque Stephany perdió sus piernas. Pero no perdió las ganas de vivir. Su historia es un recordatorio de la fuerza, la resistencia y la resiliencia con la que muchos colombianos han enfrentado las consecuencias del terremoto del 10 de agosto.